miércoles, 18 de marzo de 2026

La cosecha de nuestro tiempo: crisis, guerras y responsabilidad humana

        ¿Así tenía que ser?

¿Será que la humanidad tiene que aprender… o más bien aprehender, comprender verdaderamente?

Existe una antigua ley moral que atraviesa culturas y tiempos: la ley de la siembra y la cosecha.
“Lo que el hombre siembra, eso también segará”.

Es decir, cada cosecha responde al género de semilla que sembramos.

No nos hagamos los desentendidos.

Si ejercemos la conciencia y la responsabilidad que nos corresponde, sabremos el sayo que nos toca como humanidad, como individuos en nuestra comunidad, en nuestra familia y en esta Tierra que habitamos.

       Tal vez sea momento de reflexionar seriamente sobre el daño que provocamos: nuestra relación con los animales, los métodos de producción, el consumismo desmedido, la contaminación y la falta de una verdadera cultura de sustentabilidad.

El parate provocado —o permitido— por el coronavirus nos dio una pequeña muestra de lo que puede recuperarse: el espejo limpio de las aguas, la claridad de las estrellas, el verdor de los árboles.

Cuando se detiene, aunque sea un poco, la maquinaria del consumismo y la producción descuidada, la naturaleza parece respirar.
Es como si se dibujara ante nosotros un bosquejo del camino que deberíamos recorrer.

Pero la pregunta sigue abierta:

¿aprenderemos?

        Si bien la pandemia nos hizo notar la importancia de los abrazos y del contacto humano, también dejó al descubierto algo inquietante: la dificultad de muchas personas para recogerse en sí mismas y cultivar una vida interior.

Se percibe una carencia, un vacío existencial.
Una desesperación casi enfermiza por lo gregario.

Basta mirar las plazas llenas y, muchas veces, el descuido total: envases, restos y basura esparcidos por todas partes, como huella visible de la irresponsabilidad colectiva.
Parece que el mundo se terminara y que algunos quisieran beberse la vida de un solo sorbo.

El transcurso de estos años también ha puesto en evidencia lo endeble de nuestros sistemas.
La incapacidad de cuidar, ya sea por excesos o por omisiones.

       Gobiernos, líderes e instituciones han demostrado en muchos casos desprecio, descuido o desinterés por la realidad que sucede alrededor. En otros, se ha respondido con restricciones tan extremas que han terminado asfixiando —a veces literalmente— la vida social, económica y espiritual.

Pero a este escenario se suma otro drama que no podemos ignorar: las guerras.

Mientras el planeta enfrenta crisis sanitarias, climáticas y sociales, los conflictos armados siguen multiplicando el dolor humano. Ciudades destruidas, familias desplazadas, pueblos enteros viviendo bajo el miedo y la incertidumbre.

Resulta inevitable preguntarse cómo, en pleno siglo XXI, la humanidad sigue recurriendo a la violencia organizada como si fuera una solución.

       Las guerras también son una forma de siembra.
Y su cosecha casi siempre es amarga: muerte, resentimiento, trauma y generaciones marcadas por el odio.

El desequilibrio general se vuelve evidente.

Nos cuesta encontrar la justa medida —o al menos aproximarnos a ella— entre gobiernos y gobernados. Falta sentido común. Sobran idas y venidas, desaciertos y contradicciones, incluso entre quienes tienen la responsabilidad de la salud pública o la conducción política de las naciones.

En medio de todo esto, la humanidad parece debatirse entre dos caminos: repetir los errores del pasado o aprender algo de las crisis que atraviesa.

       Tal vez la verdadera pregunta no sea solamente cuándo terminarán estas crisis, sino qué aprenderemos de ellas.

Mientras tanto, resta esperar con paciencia que muchas de estas tormentas pasen.

Pero esperar no significa permanecer pasivos.

Significa seguir actuando con responsabilidad, haciendo lo que corresponde, cuidando la vida, la convivencia y la dignidad humana.

Porque, al final, el mundo que vendrá dependerá también de las semillas que decidamos sembrar hoy.

Juan Carlos Luis Rojas




viernes, 1 de enero de 2021

Imágenes

Saltan chispas de sangre y llanto.

Putrefacto canto mi pecho llora.


Angustias gimiendo al cielo/

Al sordo cielo/

Al cielo oscuro y ciego...

¡Esta sed apesta

    bajo estos truenos indiferentes!


Fútiles glorias dejaron los santos.

Secas victorias sobre las tumbas.


Imágenes.


Carne sin valor

    entre los hierros destrozados/

La tétrica música

    oscurece el campanario.


...ya no sé 

    si habrá luna

luna calma

    sobre el lago y los cipreses.


Autor: J. C. L. Rojas





Espejismos

 Un poco más de andar

    vertiendo este insomnio de la desesperación

        sobre la fas pálida de la Tierra.


Extraviado en la incertidumbre...

Eso es

    el alma certera de vivir.

Morder los labios

    bajo el seño adusto de la espera

mientras los huesos palpitan

    bajo el galope cansado de la sangre.


Emana vapores el mar de la esperanza

    que inventa otra vez

        un cielo de color azul...


¡Oh    voracidades vanas digieren los seres!

¡Espejismos!

Nada más que espejismos.


Cae el filo mortífero del rayo...

¡Y ya fue!... su camino de humos y fragores...


...y ya fueron los huesos y el alma.

Sólo el barro palpita ahora

    sobre la sangrante piel de la Tierra.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Tristeza y quietud

 Es domingo

    y canta una larga tristeza el silencio.

Veo desde la ventana los árboles fantasmales/

inmensamente quietos/

Inconmovibles    sus hojas    su vida.


Un ojo del Sol me espía entre las nubes abarrotadas/

Aguas de piedra arriba/

Encapotan las penumbras

    este esbozo gris de brumoso silencio.


La mirada de corazón acribilla el cristal

    mientras en los hombros se encarama lo ausente.


No miro atrás/

No quiero mirar/

No quiero escuchar

    la sinfonía incompleta que emana de los enseres.


¿Es debido a mi espera que se detiene la tormenta?...

¿Moverá nuevamente el viento a estas hojas

    cuando estén tus manos sobre las mías

        y tus ojos se adentren

            en mi quietud que huele a desamparo?


Es domingo

    y canta una tristeza

        el rotundo silencio de la mañana.


Autor: J. C. L. Rojas

Tristeza dura

                                                                                                                                                    "La gente corre sin reparar en él,

                                                                                                                   ni en su tristeza...

                                                                                                                   Supo caber en una cáscara tan in-

                                                                                                                    fima que ni a la luz del día se la 

                                                                                                                    puede encontrar"

                                                                                                                                   Tristeza, Anton Chejov


Una tristeza de mármol

    estalla

        en el santuario íntimo del corazón

donde gota a gota se anega de lluvias

represadas/

detrás de la muralla de los ojos.


La soledad/

fría/

anuda sus cadenas

    en el reventón contenido 

        de la represa.


¿Qué mar me prestará su cuenco

    para verter esta humedad antigua

        que condensan estas sombras?


Silba el viento

    /llorando/

entre los resquicios de los cuerpos sordos/


Apurados en  su juerga

    trajinan los fantasmas.


Ya no hay oídos para los gritos del alma

    /que suenan/

en son de campanas disonantes...


Y el hombre solo

    entre los copos blancos

        /pálidos/

que rasgan    indiferentes

    las heridas.


Autor: J. C. L. Rojas

Conciencia irracional

 Ya hace días

    se han cortado las marras

y va esta nave a la deriva

    en la mar de la incierta forma de vivir.


Las velas del viejo bergantín

de ojos sin asombro

   /leves al cielo/

atienden husmear de gaviotas

   y la opaca fugacidad de aves migratorias.


Sin rosa de los vientos/

Sin comunicación 

    ni de cielos ni de infiernos.


Sólo son ondas vacías los ecos del aire.

Y salvo estas borrosas señas de mi pluma

(en un día de un tal San Valentín

    me dicen)

        en la bitácora abandonada/

las fechas quedaron desnudas/

    desiertas/

sin los trazos de mis versos...

Solo yo entre el polvo de las estrellas

    (como un dios??)

para enfrentar esta locura

    de marchar sobre las olas.

Pero ya no importa.

No tienen sentido

    ni luz    ni la oscuridad.

Sólo importa desapegar el alma

    de tinos    destinos    y desatinos.


¿Es la deriva la filosofía perfecta del andar?...

Sin embargo veo el orden    aún

    en el cosmos infinito en que bogo/

Más grande se hace entonces

    la doliente libertad.


La esperanza suele ser

    una estela claroscuro de espumas fulminadas.


Sé que avanza/

Avanzo sobre este erial de viento imprevisible...

el viento que se vuelca inevitable.

    en los huecos vacíos y ubicuos de la atmósfera.


Puedo sentirte sin embargo

    en la indolencia de los azul/

en el verdor transparente

    /que desaparece/

hostigado de algas que pululan.


Te siento en el sonido profundo

    de las tormentas...

Las tormentas    se asean

     bajo la luz ausente de los ojos.


Seguiré aún

No sé hasta cuándo.

Arrastrado, nada más

    por la conciencia irracional de la sangre

que impele a existir

    por existir.


Autor: J. C. L. Rojas

 

martes, 29 de diciembre de 2020

Voz cósmica

 Relámpagos arriba/

    y el río canta un turbio murmullo de resplandores.


Es un hueco oscuro el horizonte del alma/

    que se agita en la soledad profunda del misterio.

Sólo queda memorar al sol

    para reverdecer bosques y primaveras.

Las preguntas marchan hacia un confín/

Marchan desnudas de palabras.


Más allá de su arrogancia el hombre tiene ojos de niño/

    y lleva en sus manos

        un libro de incertidumbres de páginas infinitas.

Es sordo en su altivez a la voz cómica

    que suele dictar la esencia del ser.


Y sigo observando...

Caminata de sudor y de silencio es la cuesta

    que lleva mi embeleso hacia las cumbres.

¡Siempre es el sueño conquistador de estrellas infinitas! 


¿Estás a mi lado acaso amor

    en esta soledad acompañada

        de millones de luces en el campo sideral?


¡Gozarían así estas manos del ensueño!

Tus manos con las mías

    sobre el fluyente arroyo de mi senda.


J. C. L Rojas

AMIGOS, GRACIAS POR VUESTRA PARTICIPACIÓN.