¿Así tenía que ser?
¿Será que la humanidad tiene que aprender… o más bien aprehender, comprender verdaderamente?
Existe una antigua ley moral que atraviesa culturas y tiempos: la ley de la siembra y la cosecha.
“Lo que el hombre siembra, eso también segará”.
Es decir, cada cosecha responde al género de semilla que sembramos.
No nos hagamos los desentendidos.
Si ejercemos la conciencia y la responsabilidad que nos corresponde, sabremos el sayo que nos toca como humanidad, como individuos en nuestra comunidad, en nuestra familia y en esta Tierra que habitamos.
Tal vez sea momento de reflexionar seriamente sobre el daño que provocamos: nuestra relación con los animales, los métodos de producción, el consumismo desmedido, la contaminación y la falta de una verdadera cultura de sustentabilidad.
El parate provocado —o permitido— por el coronavirus nos dio una pequeña muestra de lo que puede recuperarse: el espejo limpio de las aguas, la claridad de las estrellas, el verdor de los árboles.
Cuando se detiene, aunque sea un poco, la maquinaria del consumismo y la producción descuidada, la naturaleza parece respirar.
Es como si se dibujara ante nosotros un bosquejo del camino que deberíamos recorrer.
Pero la pregunta sigue abierta:
¿aprenderemos?
Si bien la pandemia nos hizo notar la importancia de los abrazos y del contacto humano, también dejó al descubierto algo inquietante: la dificultad de muchas personas para recogerse en sí mismas y cultivar una vida interior.
Se percibe una carencia, un vacío existencial.
Una desesperación casi enfermiza por lo gregario.
Basta mirar las plazas llenas y, muchas veces, el descuido total: envases, restos y basura esparcidos por todas partes, como huella visible de la irresponsabilidad colectiva.
Parece que el mundo se terminara y que algunos quisieran beberse la vida de un solo sorbo.
El transcurso de estos años también ha puesto en evidencia lo endeble de nuestros sistemas.
La incapacidad de cuidar, ya sea por excesos o por omisiones.
Gobiernos, líderes e instituciones han demostrado en muchos casos desprecio, descuido o desinterés por la realidad que sucede alrededor. En otros, se ha respondido con restricciones tan extremas que han terminado asfixiando —a veces literalmente— la vida social, económica y espiritual.
Pero a este escenario se suma otro drama que no podemos ignorar: las guerras.
Mientras el planeta enfrenta crisis sanitarias, climáticas y sociales, los conflictos armados siguen multiplicando el dolor humano. Ciudades destruidas, familias desplazadas, pueblos enteros viviendo bajo el miedo y la incertidumbre.
Resulta inevitable preguntarse cómo, en pleno siglo XXI, la humanidad sigue recurriendo a la violencia organizada como si fuera una solución.
Las guerras también son una forma de siembra.
Y su cosecha casi siempre es amarga: muerte, resentimiento, trauma y generaciones marcadas por el odio.
El desequilibrio general se vuelve evidente.
Nos cuesta encontrar la justa medida —o al menos aproximarnos a ella— entre gobiernos y gobernados. Falta sentido común. Sobran idas y venidas, desaciertos y contradicciones, incluso entre quienes tienen la responsabilidad de la salud pública o la conducción política de las naciones.
En medio de todo esto, la humanidad parece debatirse entre dos caminos: repetir los errores del pasado o aprender algo de las crisis que atraviesa.
Tal vez la verdadera pregunta no sea solamente cuándo terminarán estas crisis, sino qué aprenderemos de ellas.
Mientras tanto, resta esperar con paciencia que muchas de estas tormentas pasen.
Pero esperar no significa permanecer pasivos.
Significa seguir actuando con responsabilidad, haciendo lo que corresponde, cuidando la vida, la convivencia y la dignidad humana.
Porque, al final, el mundo que vendrá dependerá también de las semillas que decidamos sembrar hoy.
Juan Carlos Luis Rojas

